LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR.

 

Reflexión del P. Federico Soto S., párroco de Jesús de Nazareth

 

“Entonces Jesús, levantando las manos, los bendijo.

Y, mientras los bendecía, se separó de ellos…subiendo hacia el cielo”.

 

 

Queridos Hermanos y Hermanas:

                            Hace cuarenta días celebrábamos la Fiesta de la Pascua, “el día Santo, en que Nuestro Señor, pasó de la muerte a la Vida”; fiesta que nos permitió recordar, y renovar, con una bellísima simbología litúrgica, nuestro bautismo y, que nos animó a asumir, con un también renovado vigor, nuestro compromiso cristiano, como “discípulos y misioneros de Cristo”.

                            Esa hermosa fiesta pascual, se prolonga y se extiende, en el tiempo humano y, nos lleva, en la sabiduría de nuestra Madre la Iglesia, a este día, en que celebramos el misterio de la Ascensión del Señor, misterio en el cual, Jesucristo, victorioso sobre el pecado y la muerte, sube al Padre, en el Cielo.

                            La Fiesta de la Ascensión del Señor, que hoy celebramos, cierra el contacto personal de Cristo con sus discípulos. De ahora en adelante, la presencia de Cristo, en la Iglesia, estará ahora asegurada hasta el final de los tiempos.

                            En esta fiesta, la Iglesia nos invita a contemplar a Cristo glorioso en el cielo, junto a su Padre. Él es, por decirlo de una manera, “el Evangelio viviente del Padre”; En su existencia terrena, Él ha anunciado la Buena noticia de salvación, para todos nosotros.

                             Después de cumplir su misión, en la tierra, anunciando la misericordia del Padre, es constituido Señor de la historia humana, ya que, al llegar Cristo al cielo, sella definitivamente la redención del género humano.

                              Llevando al cielo nuestra condición humana, Cristo es signo visible y claro de lo que un día nosotros seremos, en la gloria, después de nuestra lucha por la santidad y por la gracia.

                              Les pregunto: ¿Alguna vez has experimentado la presencia de un ser amado, a través de su ausencia?. Si me respondes que Sí, entonces estamos de acuerdo en que, ese ser amado, está presente por su ausencia. Nos hace falta….Y, esa es su presencia. Lo que pasa, es que no notaríamos su ausencia si no es porque estuvo presente en nuestra vida. Diríamos, entonces, que esa persona está presente en nuestra memoria.

                               Sin embargo, queridos hermanos, no es ésta la presencia de Jesús en su Iglesia y cerca de nosotros. Jesús está presente en su Iglesia y junto a nosotros, de una manera real, y al mismo tiempo misterioso. Por tanto, más profunda….no solo en la memoria.

                               Quienes conocieron a Jesús en su tiempo, es decir, después de su nacimiento hasta su muerte, repito, quienes lo conocieron y trataron, pero no lo aceptaron, no lograron descubrir en El, al enviado del Padre que vino a salvarnos. Antes, al contrario, se escandalizaron de sus actuaciones y enseñanzas.

                                Nosotros, a más de veinte siglos después, que no lo vemos, ni lo oímos, ni tocamos, creemos en Él y tenemos, por eso, la posibilidad de salvarnos, como lo prometió Jesús mismo cuando envió a sus discípulos a predicar el Evangelio. Ya lo decía Jesús, cuando, san Juan nos narra que, al momento de amonestar a mateo por su incredulidad, Jesús declaró: “Dichosos los que han creído sin haber visto”. (Jn. 20,29).

                                Esta celebración de la Ascensión del Señor, para nosotros, debe tener una clara intención, y un especial compromiso, toda ves que, es el llamado que nos hace Jesús, para ser sus testigos calificados en el anuncio del Evangelio.                               

                                 Este mandato de Jesús, queridos hermanos, es históricamente dado a los apóstoles, pero es también una misión para toda la Iglesia de todos los tiempos.

                                 Es, entonces, también una misión para nosotros, que formamos, hoy por hoy, parte de ese signo visible de su presencia en el mundo que es la Iglesia.

                                 Hoy, también Jesús nos pide que permanezcamos en Jerusalén, es decir, en la Iglesia, ya que en la tradición bíblica y católica, Jerusalén es figura de la Iglesia y de la vida eterna.

                                  Es en la Iglesia donde Jesús nos da su Espíritu para fortalecernos, enseñarnos, iluminarnos, aconsejarnos y consolarnos, como les hace saber a sus discípulos y a nosotros mediante sus palabras de despedida en la última cena prometiéndoles el don de su espíritu. (Jn. 14,16).

                                  Este don del Espíritu, según nos lo refiere san Lucas, es para que podamos ser testigos del Resucitado. Es una fuerza, dice Jesús, para que podamos anunciarlo al mundo, pero también es luz que ilumina nuestras mentes para que podamos conocer a Dios, comprender la grandeza de lo que se nos promete, y mantenernos en la esperanza de alcanzarlo.

                                  Como ven, queridos hermanos, la Fiesta de la Ascensión del Señor, vista desde estas perspectivas, se nos presenta como un misterio inmenso y rico de sentidos para nuestra fe y para la práctica de la misma.

                                  La Fiesta de la Ascensión del Señor es, ante todo,  la afirmación de que, el ser de la Iglesia, no se puede entender sino desde su misión de ser, toda ella, testigo insustituible de la presencia de Dios en el mundo.

                                  Pero también es la certeza de que la Iglesia no existe sino por voluntad de Cristo, su cabeza. Y, por la acción en ella del Espíritu, podemos tener la garantía de que, a pesar de sus limitaciones, la obra que Dios realiza en el mundo  a través de ella va hacia donde Él tiene proyectado: Nuestra salvación y su Gloria.

                                  No tengamos miedo  de ser signos de contradicción en medio de un mundo que tiene solo proyectos de muerte, de odio, de competencia y de dominio. No nos quedemos viendo al cielo sin mirar a nuestro alrededor.

                                  Cristo,  nos ha dejado como lugartenientes suyos aquí en la tierra, para llevar adelante su obra. Hay muchos en torno nuestro que están esperando de nosotros una acción, una palabra o una actitud, que les sirva de señal de que las cosas pueden ser diferentes. Ese tendrá que ser nuestro testimonio….el testimonio del Movimiento de la Esperanza.

                                

                                        “Valor y adelante….que un día gozaremos del reposo eterno”. (Madre Rosa).

                                         “Confiemos en Dios y,  porque la obra es suya, proveerá a todo”. (Madre Rosa).

 

                                                                     Padre Fico.

                                                        Párroco de Jesús de Nazaret.

 

 

Arica, Domingo de la Ascensión del Señor del 2007.-

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