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  Algo para Billy

Normalmente trato de no ser prejucioso, pero tuve mis dudas acerca de darle
trabajo a Billy. Su asistente social me aseguró que sería un buen muchacho para
recoger los platos y limpiar las mesas en mi restaurante.

Pero yo nunca había tenido un empleado con incapacidad mental y no estaba seguro
de querer uno. No tenia idea de como reaccionarían mis clientes ante Billy. El
era pequeño, poco torpe, con los rasgos faciales suaves y el típico acento que
al hablar muestran los que padecen del Síndrome de Down.

No me preocupaban mis clientes “camioneros”, porque a ellos no les importa quien
les limpia las mesas con tal que la comida sea abundante y los postres como
hechos en casa. Eran los clientes comunes los que me preocupaban, los
universitarios, los escolares, los yuppies, los empresarios, que secretamente
limpian los cubiertos con la servilleta por temor de agarrar un germen de
“parada de camioneros”. Yo sabía que esta gente podía incomodarse por Billy. Así
que lo vigilé atentamente las primeras semanas.

No tenía de que preocuparme. Después de la primera semana Billy ya se había
ganado el corazón de mis empleados. Y al mes, mis comensales camioneros, ya lo
habían adoptado como “la mascota de la parada de camiones”. Después de esto poco
me importó lo que el resto de mis clientes pensaran acerca de él.

Billy con sus pantalones vaqueros y sus Nikes estaba listo a servir y pronto a
sonreír, pero siempre atento para cumplir sus deberes a la perfección. Cada
salero y pimentero estaban exactamente en su lugar, ni una sola miga de pan o
gota de café quedaban visibles después que Billy había limpiado una mesa.

Nuestro único problema era convencerlo que espere a que los clientes terminen
para que pueda limpiar la mesa. Allí estaba Billy meciendo el peso de su cuerpo
de un pie a otro, moviendo la cabeza como un radar a la espera que una mesa se
desocupe. Y ni bien los clientes se ponían de pie, él se escurría a la mesa y
colocaba los vasos y platos en el carrito de los trastos y meticulosamente
limpiaba la mesa. Y si pensaba que un cliente lo observaba añadía a su trabajo
concentración. Se enorgullecía en hacer su trabajo bien, y tenían que verlo con
cuanto esfuerzo trataba en complacer a cada persona que conocía.

Con el tiempo supimos, que vivía con su madre, quien era viuda y había pasado
por varias cirugías de cáncer, lo que la imposibilitaba para trabajar. Por eso
era que recibían ayuda de la seguridad social, y habitaban un pequeño
apartamento en un ruinoso edificio público, a tres kilómetros de la parada de
camiones. El trabajador social que venía a inspeccionarlo con frecuencia,
admitía que ellos habían tocado fondo. El dinero no les alcanzaba, y el cheque
que yo le pagaba a Billy hacía la diferencia entre seguir viviendo juntos o
enviar a Billy a una institución pública de discapacitados.

Esa era la razón por la que el restaurante esa mañana de agosto estaba
alborotado. Era el primer día en tres años que Billy no venía a trabajar. Se
encontraba en la Clínica Mayo en Rochester, sometiéndose a una operación para
instalarle una válvula al corazón. Su asistente social nos había dicho que los
que padecen del Síndrome de Down con frecuencia sufren de problemas coronarios a
temprana edad. Así que esto no era inesperado. Y existía la probabilidad que
pasaría por la cirugía sin problema y en unos cuantos meses estaría de regreso
al trabajo.

Nos embargamos de algarabía al oír que había pasado la operación con éxito y que
su recuperación sería rápida. Sandra, la anfitriona de las meseras, al saber la
noticia empezó a danzar de felicidad. Los camioneros que estaban allí se
abrazaban con los ejecutivos, lo mismo los ancianos con los jóvenes se
felicitaban por que Billy salió bien de la operación. Conforme los clientes
entraban e inquirían sobre la salud de Billy, la conversación giraba en torno
como él y su mamá superarían las deudas de las cuentas por pagar y los gastos
que siempre ocasiona una operación mayor.

Por supuesto no había contratado a nadie para que ocupara el puesto de Billy, en
el fondo me negaba a reemplazarlo. Noté también que todas las chicas limpiaban
sus mesas, para que yo no me viera en la obligación de tomar a otra persona.
Todos éramos cómplices del mismo deseo: que Billy vuelva.

Un día Julie entró a mi oficina con dos servilletas en sus manos y una sonrisa
en su cara. ¿Qué pasa? Le pregunté. Cuando fui a limpiar la mesa, me respondió,
encontré esto bajo una taza de café. Me pasó las servilletas y tres billetes de
20 dólares cayeron cuando yo las abrí. Y en la servilleta se leía: Algo para
Billy. Julie continuó; cuando en eso entraron tres camioneros y me preguntaron
que era eso, así que les conté todo lo de Billy, ellos al irse me dieron otra
servilleta en la que también estaba escrito: Algo para Billy. Había cien dólares
dentro, Julie con sus ojos anegados añadió “camioneros”.

Esto fue hace tres meses. Hoy es el día de Acción de Gracias. El primer día en
que sé supone Billy se reincorporará al trabajo. Su asistente social nos dice
que él ha estado contando los días con desesperación para volver. Él llamó 10
veces por teléfono la última semana para asegurarnos que ese día volvería, sin
importarle que fuera feriado.

Yo hice los arreglos para que Billy viniera con su madre ese día. Los
encontraría en el estacionamiento y los invitaría a celebrar la vuelta de Billy
al trabajo con un suculento desayuno.

A Billy se le veía delgado y pálido, y prácticamente tuvimos que detenerlo pues
quería ponerse su mandil y empezar a trabajar sin perdida de tiempo. No tan
rápido Billy, le dije; el trabajo puede esperar un momento. Vamos a celebrar que
estas con nosotros otra vez. Los llevé a la mesa de honor, y pude sentir y oír
a todo el personal siguiéndonos conforme avanzábamos. Los clientes se paraban y
le sonreían a Billy y se unían a la procesión. Los llevé a una mesa que estaba
sucia, con platos y tazas de café por toda la mesa. Y entre ellos docenas de
servilletas diligentemente dobladas. Lo primero que tienes que hacer Billy es
limpiar toda esta cochinada, tratando de parecer serio. Billy vio a su mamá y
tomó una servilleta que decía “Algo para Billy” y dos billetes de 10 dólares
cayeron a la mesa. Billy se quedó contemplándolos por un momento y luego vio a
todas esas servilletas aun dobladas con su nombre escrito. Contó más de 10 mil
dólares esa mañana, todo el dinero proveniente en su mayoría de camioneros,
también había de estudiantes y personas comunes. Le dije, todos ellos se
enteraron de tus problemas... ¡Feliz día de Acción de Gracias!

Todos se abrazaron y saludaron, reían y lloraban. ¿Pero saben que fue gracioso?
Mientras todos se saludaban, Billy con una gran sonrisa en su rostro, empezó a
recoger los platos y limpiar las mesas...
Él es el mejor empleado que alguna vez contraté.