Diócesis de San Marcos de Arica

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HOMILÍA LITURGIA ACCIÓN DE GRACIAS POR LA NUEVA REGIÓN DE ARICA Y PARINACOTA

 

21 de marzo de 2007

 

Saludamos a cada uno de los presentes,  a nuestras autoridades regionales, provinciales y comunales, a cuántos representan la comunidad civil organizada, a quienes desde diversas actividades promueven el desarrollo humano, social, político y económico de nuestras provincias.

 

Como representantes de un pueblo profundamente religioso, nos hemos convocado para elevar al Dios vivo y verdadero nuestro himno de acción de gracias por la nueva Región de Arica y Parinacota. En efecto, ya en los albores de esta tierra bendita, como en los hombres y mujeres de la cultura Chinchorro, en nuestros pueblos originarios y andinos, encontramos tantas evidencias de la búsqueda de la presencia del Dios creador en la naturaleza y sus ciclos, la experiencia amorosa y providente de él en la paternidad del Inti y la maternidad de la Pachamama, que nos llevarán a descubrir su significado y valor más profundo en Jesucristo y María Santísima. Hoy día, en la religiosidad de la inmensa mayoría de quienes aquí habitamos, sentimos fuertemente el anhelo de trascendencia, la búsqueda de respuesta a nuestras interrogantes y ansias más hondas, el sentido último de la vida. Es por ello, que en la creación de esta nueva Región, mucho más que verlo como el fruto de un acto administrativo, y del esfuerzo de tantos hombres y mujeres de buena voluntad, tendemos a entenderlo como un signo del Dios de la historia que actuando a través de ellos, nos testimonia el gran amor por nosotros.

 

Con todo, aquello que nos ennoblece más es nuestra gente, y su riqueza pluriétnica y pluricultural. Dios nos ha hecho sencillos, acogedores con el visitante; un pueblo marcado por su historia, conocedor de momentos de dificultad y que, por lo mismo, es capaz de celebrar los pequeños logros; somos “puerta abierta” a muchos hermanos y hermanas que han encontrado en nuestras tierras una nueva oportunidad para sus vidas y las de sus familias; somos un pueblo sacrificado, trabajador, sabedor de que las grandes hazañas y logros precisan grandes esfuerzos y renuncias. Somos un pueblo sufrido, sacrificado, esforzado, de condición humilde y por eso mismo muy solidario y generoso; un pueblo digno y orgulloso de sus raíces ancestrales; un pueblo que a través del baile, del canto y de la música expresa cuán alegre y festivo es.

 

Esta tierra y su gente tienen numerosos y contundentes motivos para dar gracias a Dios: sus playas, sus cerros, valles agrícolas y costas, desierto y altiplano, dan a nuestra tierra un paisaje difícil de encontrar en otros rincones de Chile; como territorio limítrofe, la cercanía con Perú y Bolivia nos invita constantemente a reconocernos como hermanos, aún en medio de los conflictos; los innumerables pueblos del interior nos recuerdan  nuestros orígenes y el desafío por salvaguardar nuestras tradiciones más antiguas y particularidades culturales.

 

Quienes nos visitan desde el resto del País o desde el extranjero se encontrarán con un pueblo sereno, de ritmo pausado, con tiempo para todo, con disponibilidad para una larga y tendida conversación, una sobremesa dialogada o una celebración sin apuros; seremos para muchos un espacio de tranquilidad, de sosiego en medio del ritmo acelerado de otros parajes de Chile; seremos un lugar para reponer fuerzas, sentir la amabilidad de su gente, la cercanía de una mano amiga; seremos una constante celebración, pues, aún en medio de los apuros económicos y las dificultades, hemos aprendido a celebrar la vida, haciendo de ella una fiesta de acción de gracias permanente, expresada en nuestros carnavales, desfiles, pasacalles, cueca, cumbia  y rodeos.

 

Somos un pueblo creyente, de religiosidad sencilla y profunda que es cuidada por los Santos Patronos como son, por ejemplo, Nuestra Señora de los Remedios en Timalchaca, La Asunta en Putre, San Martín de Tours en Codpa, Santiago Apóstol en Belén, San Jerónimo en Poconchile, San Miguel en Azapa, San Marcos en Arica, San Lorenzo de los Pampinos, San Pedro y Pablo de los pescadores, San Francisco de Socoroma, etc. Fe arraigada en la vida de cada día, una fe de sacrificios, de cruces de mayo, de caminatas, de peregrinaciones, de baile religioso y  canto, de fiesta y de entrega, de largas noches de vigilia en donde no suele faltar el generoso caliente que anima los corazones y la fraternidad ; un pueblo con una profunda devoción a su Madre venerada bajo el título de Nuestra Señora del Rosario de Las Peñas, nuestra Palomita Blanca, en donde miles peregrinan hasta Livilcar –verdadero camino de santidad , de esperanza y purificación-  con Jesucristo en el corazón y un ave maría en los labios: en ella experimentan a la auxiliadora, protectora e intercesora ante el Hijo; un pueblo de bendiciones, de imágenes, de colores y bandas de bronces, de agua bendita y adoración al Santísimo, de misiones andinas y valles,  un pueblo que construye su Iglesia paso a paso; una Iglesia de solidaridad, de campañas de cuaresma, de bingos y rifas, de “picantes”, que ha comprendido que compartir la fe es compartir la vida de nuestro pueblo y sus necesidades.

 

Rostros que nos interpelan:

 

Junto a todo lo anterior, no podemos desconocer que somos también un pueblo con profundas heridas, golpeado permanentemente por la necesidad, los problemas económicos y sociales, necesitado de un nuevo impulso que saque de su situación de pobreza y miseria a tantos y tantas que hoy llevan una vida lejana de la dignidad.

 

El pecado introducido desde antiguo por los seres humanos continúa presente en nuestra realidad, pero más poderosa es la presencia liberadora y enaltecedora de Dios. Por eso con María en su canto el Magnificat, proclamamos las maravillas que el Señor ha hecho en este nuestro Pueblo a lo largo de su historia, y nos regocijamos en su amor y en su misericordia. Cristo nos llama desde los hermanos que sufren en esta región, a los que Él quiere servir a través del trabajo generoso y sacrificado de nuestras autoridades y de los distintos constructores de la sociedad. Con la actitud creyente y materna de María nos acercamos a la realidad de nuestro pueblo que camina en los confines de este norte grande, y contemplamos hoy los rostros filiales, sufrientes y resucitados del Señor Jesús.

 

Entre ellos están los pueblos y las comunidades que son testimonio de las raíces y culturas indígenas. En los 500 años transcurridos, han crecido en nuestro medio, poblaciones y culturas mestizas. Sobre todo con los pueblos originarios y a comunidades y personas afrodescendientes, aún tenemos una serie de deudas con ellos, como ser un legítimo desarrollo de acuerdo a su naturaleza y valores, su integración más plena en la sociedad, reconocer y profundizar su historia y valorar sus tradiciones culturales y tradiciones.

 

Por otra parte, un porcentaje no menor de las mujeres de toda condición, siguen sufriendo una doble exclusión en razón de su situación económica y de su sexo. En efecto, un número importante de ellas no son valoradas en su dignidad, quedan con frecuencia solas y abandonadas, otras son víctimas de la violencia intrafamiliar, o no se les reconoce suficientemente su abnegado sacrificio e incluso heroica generosidad en el cuidado y educación de sus hijos, ni en la transmisión de la fe en la familia, no se valora ni promueve adecuadamente su indispensable y peculiar participación en la construcción de una vida más humana. A la vez, su urgente dignificación y participación pretende ser distorsionada por corrientes de feminismo ideológico, marcado por una impronta cultural de las sociedades del consumo, que es capaz de someter a las mujeres a nuevas esclavitudes. Es penoso ver en nuestra zona la cantidad de mujeres que junto al sufrimiento de una vida de privaciones y falta de oportunidades, y en razón de sus graves necesidades, deben someterse además al abuso de un tipo de comercio o exhibición en espectáculos de abierta connotación sexual, que las denigra y deshumaniza.

 

De igual manera, en esta tierra sufren los pobres, los excluidos, los desocupados, los migrantes que llegan en forma cada vez más numerosa sorprendiéndonos con respuestas de nuestra parte aún insuficientes para una vida y trabajo justos, los desplazados, los que buscan sobrevivir en las redes de una economía informal cada vez más extendida, y todos aquellos que se ven privados de una vida digna. Sus rostros piden unas condiciones de vida que garanticen y ofrezcan oportunidades a su existencia mediante una fraterna acogida y solidaridad, incorporados al trabajo y los beneficios de un progreso auténtico, también por medio de leyes que protejan la justicia su presente y su futuro. Si queremos hermosos frutos como nueva región, que ésta se estructure y organice desde la realidad de últimos, de los más humildes. Si no hay paz y tranquilidad para ellos, terminará no habiéndola para nadie.

 

Al mismo tiempo, entre las luces que nos llenan de renovadas esperanzas, están los permanentes esfuerzos de nuestras autoridades gubernamentales, comunales y parlamentarias, que en forma generosa y no exenta de sacrificios, se la juegan diariamente por el bienestar y el desarrollo de nuestras provincias. Son innumerables las instancias políticas, de trabajo, de investigación, de programas hacia los sectores más vulnerables, y de puesta en marcha de proyectos en diversidad de ámbitos, y en donde el monto de capitales involucrados es significativamente elevado. A ellos hay que sumar tantas organizaciones de todo tipo que nos habla de una ciudadanía activa que no desea marginarse, que exige ser escuchada,  que con sus propuestas y crítica responsable nos ayudan a tomar conciencia de situaciones complejas, algunas de las cuales requieren urgente respuesta. Por ello nos alegramos del llamado que hacía nuestra Intendenta a ser líderes en terreno. Así mismo es digno de todo reconocimiento el esfuerzo dinamizador y de inversión del mundo de la producción y el comercio del sector privado, que no sin sacrificio continúan haciendo una apuesta por Arica y generando nuevas posibilidades y puestos de trabajo.

 

De este modo, y ante el don de la nueva región, los rostros de todo nuestro pueblo tienen derecho a exigirnos respuestas concretas a quienes tenemos alguna responsabilidad o ejercemos algún tipo de liderazgo. Esto nos va a exigir una unidad que nos ha costado construir, esto va a requerir deponer defensas corporativas, luchas por intereses solo sectoriales, y que los hombres y mujeres de esta tierra perciban que todas sus autoridades han sido elegidas fundamentalmente por su cualidades humanas y vocación de servicio público, y ninguna por criterios relacionados con cuotas de poder, ganancias partidistas, o meros cálculos políticos. Jugarnos por un protagonismo colectivo al servicio del bien común ante todo, que las legítimas visiones distintas y el necesario debate de propios de una sociedad libre, democrática y pluralista,  sean para enriquecer y mejorar los proyectos, evitando luchas desgastadoras que no solo son infecundas, sino que pueden terminar haciendo poco creíbles a sus protagonistas. Esto, sin duda, requiere de mucha generosidad, grandeza y altura de mira de parte de todos. Aquí nadie sobra, todos nos necesitamos por el bien de Arica y Parinacota.

 

Deseo, finalmente, terminar esta homilía compartiendo con ustedes una hermosa profecía que la Palabra de Dios en este tiempo de la cuaresma, pone en boca del profeta Isaías, con el augurio que se cumpla en medio nuestro:

 

“Esto dice el Señor: miren que voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva. Lo pasado quedará olvidado, nadie volverá a recordar aquello. Llénense de gozo por lo que voy a crear, porque voy a crear una ciudad feliz y un pueblo contento que viva en ella. Yo mismo me alegraré por la ciudad y sentiré el gozo por mi pueblo. En ella no se volverá a oír llanto ni gritos de angustia. Allí no habrá niños que mueran a los pocos días, ni ancianos que no completen su vida. Morir a los cien años será morir joven, la gente construirá sus casas y vivirán en ellas, sembrarán viñedos y comerán sus uvas” (Is, 17-21)

 

Y al Señor de la historia, sea el poder, el honor y la gloria, por los siglos de los siglos, Amén.