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Homilía de Monseñor Vargas en las vísperas del 7 de junio



Queridos hermanos, el lugar donde estamos nos recuerda que esta tierra fue conquistada con un precio en vidas y dolor enorme. ¿Qué hemos hecho, y qué estamos haciendo con esta tierra por la cual tanto se luchó, y con los hombres y mujeres que la habitan?. Esa sangre derramada en este Morro,  clama hoy en nuestras conciencias y nos exige respuestas y compromiso.

 

Texto completo de la homilía del Sr. Obispo de Arica, Monseñor Héctor Vargas Bastidas, sdB.
 

Desde la cumbre de este histórico Morro, signo de victoria, pero también de tanto de dolor y enfrentamiento, como del testimonio de vidas ofrendadas en aras de grandes ideales, y profundo amor a la respectiva Patria de heroicos peruanos y chilenos,  queremos hacer llegar  a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, nuestros deseos de paz.

Ayer, en esta bendita tierra ariqueña, la paz se vio perturbada por razones relacionadas con la ofensiva o defensa de lo que se consideró  bienes superiores por parte de los Estados involucrados. Hoy en día, en esta misma tierra, la paz puede verse quebrantada más bien por diversidad de situaciones internas,  que afectan a personas, familias y la sociedad misma, y que si no son atendidas adecuadamente pueden generar nuevas formas de violencia. A todos ellos, con la fuerza de la sangre de los héroes que admiramos,  dirigimos nuestro saludo y deseo de paz. En particular a todos los que están probados por el dolor y el sufrimiento, a los que viven bajo la amenaza de la violencia de los gestos y las palabras, los que son víctimas de la agresión intrafamiliar o que, agraviados por la injusticia y en su dignidad, esperan en su rescate humano y social. Hoy día, en efecto, estamos convencidos de que respetando a la persona se promueve la paz, y que construyendo la paz se ponen las bases para un auténtico humanismo integral. Así es como se prepara un futuro sereno para las nuevas generaciones. Si no hay paz interior en el corazón del hombre, si él no está en paz consigo mismo, con los demás, con la naturaleza y con Dios, la paz política será una mera formalidad. No existiría potencial bélico que pueda hacer frente a ello.

 

Entre las luces del caminar de esta tierra, está la creación de la nueva Región que nos llenó de renovadas esperanzas, están los permanentes esfuerzos de nuestras autoridades gubernamentales, comunales y parlamentarias, que en forma generosa y no exenta de sacrificios, se la juegan diariamente por el bienestar y el desarrollo de Arica. Son innumerables las instancias políticas, de trabajo, de investigación, y de puesta en marcha de proyectos en diversidad de ámbitos públicos y privados, y en donde el monto de capitales involucrados es elevado. A ellos hay que sumar tantas organizaciones sociales y gremiales de todo tipo que nos habla de una ciudadanía activa que no sólo no desea marginarse, sino que está dispuesta a seguir apostando por Arica.

 

Junto a todo lo anterior, no podemos desconocer que somos también un pueblo sencillo, golpeado permanentemente por la necesidad, los problemas económicos, sociales y ambientales, la crónica falta de trabajo que obliga a no pocos jefes de hogar a emigrar, con el consiguiente impacto en la vida y unidad de la familia. Una región  necesitada de un nuevo impulso que saque de su situación de pobreza a cuantos hoy llevan una vida lejana de la dignidad a que tienen derecho. Necesitamos reconocer con honestidad que existen algunas dificultades, que de no resolverse adecuadamente, pueden ser un obstáculo no menor a la hora de jugarnos por Arica y su futuro.

 

En la conciencia ariqueña, existe desde hace años la percepción de que el país pareciera no tener suficientemente claro lo que desea hacer de esta tierra. Uno de los desafíos, por ello, consiste en definir con mayor claridad, la identidad y el rol específico que esta Región está llamadas a jugar en el desarrollo de Chile, en la integración internacional gracias a su privilegiada situación trifronteriza, y en la interacción con el resto de las Regiones del Norte Grande. Pareciera ser cada vez más urgente que la Nación misma especifique no sólo cuál es el lugar y aporte que le cabe dar desde sus características y potencialidades propias, sino crear las instancias y ofrecer los medios fundamentales desde los cuales Arica y Parinacota pueda hacerse cargo de su progreso y destino.

 

Hay que entender que Arica es una realidad que escapa de muchas formas a lo que es el resto del país. No sólo su geografía y clima ofrece una marcada diversidad, sino también su larga y compleja historia de casi cinco siglos, las características étnicas y multiculturales de su población, el fuerte y progresivo arribo de tantos inmigrantes de países vecinos, su lejanía del resto del territorio nacional, su necesaria y obligada relación con  los países vecinos y el impacto que algunas de las aspiraciones de ellos, causan en esta zona. Es por esto que se requiere pensar en soluciones y propuestas diversas y específicas para esta zona de profundas implicancias geopolíticas.

 

Hasta ahora, no ha sido suficiente la sola voluntad de los Gobiernos, ni las capacidades personales de las autoridades locales, ni el impulso de quienes invierten, ni la gestión política representativa de la zona ante las Instituciones de la República. Es por ello que se requiere de políticas fundamentales que sean capaces de ofrecer un marco integral, que permita desencadenar el progreso de la Región, su consolidación en el tiempo, y el bienestar general de la población. Estas no pueden sino ser una obligación que compete en primer lugar al Estado. Es a él a quien corresponde velar por la justicia social y el bien común, y ambos valores pasan por asegurare el desarrollo equitativo de las Regiones. Es justamente la consecución del bien común lo que le da al Estado su fundamento moral y ético. Después de más de un siglo, esta es la batalla que nos toca dar hoy, una vez más,  a los pies de este emblemático Morro.


Toda esta nuestra vida, con sus gozos y tristezas, con sus angustias y alegrías, la traemos esta noche al altar. Lo hacemos en el día que la Iglesia entera celebra la Solemnidad de Corpus Christi, fiesta que nos anima profundamente y nos ofrece valiosos criterios a la hora de enfrentar los desafíos que tenemos. Jesús efectivamente proclamó que « El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo » (Jn 6,51). Con estas palabras el Señor revela el verdadero sentido de la entrega de su propia vida por todos los hombres y nos muestran también la íntima compasión que Él tiene por cada persona. En efecto, los Evangelios nos narran muchas veces los sentimientos de Jesús por los hombres, de modo especial por los que sufren y los pecadores. Mediante un sentimiento profundamente humano, Él expresa la intención salvadora de Dios para todos los hombres, a fin de que lleguen a la vida verdadera.


Por consiguiente, nuestras comunidades, cuando celebran la Eucaristía, han de ser cada vez más conscientes de que el sacrificio de Cristo fue porque nos amó hasta el extremo, y que por ello es para todos y que, por eso, la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él a trabajar por un mundo más justo y fraterno. En verdad, la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo.


A este respecto, hay que explicitar la gran relación que existe entre el Misterio de la eucaristía y el compromiso social. Cristo, por el memorial de su sacrificio eucarístico, refuerza la comunión entre los hermanos y, de modo particular, apremia a los que están enfrentados para que aceleren su reconciliación abriéndose al diálogo y al compromiso por la justicia. No cabe duda de que las condiciones para establecer una paz verdadera son la restauración de la justicia, la reconciliación y el perdón. De esta toma de conciencia nace la voluntad de transformar también las estructuras injustas para restablecer el respeto de la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.

 

En la perspectiva de la responsabilidad social de todos los cristianos, el Papa Benedicto dirige una llamada a todos los fieles para que sean realmente operadores de paz y de justicia: « En efecto, afirma el Santo Padre: quien participa en la Eucaristía ha de comprometerse en construir la paz en nuestro mundo marcado por tantas violencias y guerras, y de modo particular hoy, por el terrorismo, la corrupción económica y la explotación sexual ».Todos estos problemas, que a su vez engendran otros fenómenos degradantes, son los que despiertan viva preocupación. Precisamente, gracias al Misterio de Corpus Christi que celebramos, deben denunciarse las circunstancias que van contra la dignidad del hombre, por el cual Cristo ha entregado su Cuerpo en sacrificio y derramado su sangre, afirmando así el alto valor de cada persona.


Queridos hermanos, el lugar donde estamos nos recuerda que esta tierra fue conquistada con un precio en vidas y dolor enorme. ¿Qué hemos hecho, y qué estamos haciendo con esta tierra por la cual tanto se luchó, y con los hombres y mujeres que la habitan?. Esa sangre derramada en este Morro,  clama hoy en nuestras conciencias y nos exige respuestas y compromiso.

 

Y que el Señor de la Historia, por intercesión de San Marcos de Arica, bendiga las esperanzas de esta bendita Arica. Amén.

 

06 de junio de 2010
 


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