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Queridos hermanos, el
lugar donde estamos nos recuerda que esta
tierra fue conquistada con un precio en vidas
y dolor enorme. ¿Qué hemos hecho, y qué
estamos haciendo con esta tierra por la cual
tanto se luchó, y con los hombres y mujeres
que la habitan?. Esa sangre derramada en este
Morro,
clama hoy en nuestras conciencias y nos exige
respuestas y compromiso.
Texto completo de la homilía del
Sr. Obispo de Arica, Monseñor Héctor Vargas
Bastidas, sdB.
Desde la cumbre de este
histórico Morro, signo de victoria, pero
también de tanto de dolor y enfrentamiento,
como del testimonio de vidas ofrendadas en
aras de grandes ideales, y profundo amor a la
respectiva Patria de heroicos peruanos y
chilenos, queremos hacer
llegar a todos los hombres
y mujeres de buena voluntad, nuestros deseos
de paz.
Ayer, en esta bendita tierra ariqueña, la paz
se vio perturbada por razones relacionadas con
la ofensiva o defensa de lo que se consideró
bienes superiores por parte de los
Estados involucrados. Hoy en día, en esta
misma tierra, la paz puede verse quebrantada
más bien por diversidad de situaciones
internas, que afectan a
personas, familias y la sociedad misma, y que
si no son atendidas adecuadamente pueden
generar nuevas formas de violencia. A todos
ellos, con la fuerza de la sangre de los
héroes que admiramos,
dirigimos nuestro saludo y deseo de paz. En
particular a todos los que están probados por
el dolor y el sufrimiento, a los que viven
bajo la amenaza de la violencia de los gestos
y las palabras, los que son víctimas de la
agresión intrafamiliar o que, agraviados por
la injusticia y en su dignidad, esperan en su
rescate humano y social. Hoy día, en efecto,
estamos convencidos de que respetando a la
persona se promueve la paz, y que construyendo
la paz se ponen las bases para un auténtico
humanismo integral. Así es como se prepara un
futuro sereno para las nuevas generaciones. Si
no hay paz interior en el corazón del hombre,
si él no está en paz consigo mismo, con los
demás, con la naturaleza y con Dios, la paz
política será una mera formalidad. No
existiría potencial bélico que pueda hacer
frente a ello.
Entre las luces del caminar de
esta tierra, está la creación de la nueva
Región que nos llenó de renovadas esperanzas,
están los permanentes esfuerzos de nuestras
autoridades gubernamentales, comunales y
parlamentarias, que en forma generosa y no
exenta de sacrificios, se la juegan
diariamente por el bienestar y el desarrollo
de Arica. Son innumerables las instancias
políticas, de trabajo, de investigación, y de
puesta en marcha de proyectos en diversidad de
ámbitos públicos y privados, y en donde el
monto de capitales involucrados es elevado. A
ellos hay que sumar tantas organizaciones
sociales y gremiales de todo tipo que nos
habla de una ciudadanía activa que no sólo no
desea marginarse, sino que está dispuesta a
seguir apostando por Arica.
Junto a todo lo anterior,
no podemos desconocer que somos también un
pueblo sencillo, golpeado permanentemente por
la necesidad, los problemas económicos,
sociales y ambientales, la crónica falta de
trabajo que obliga a no pocos jefes de hogar a
emigrar, con el consiguiente impacto en la
vida y unidad de la familia. Una región
necesitada de un nuevo impulso que
saque de su situación de pobreza a cuantos hoy
llevan una vida lejana de la dignidad a que
tienen derecho. Necesitamos reconocer con
honestidad que existen algunas dificultades,
que de no resolverse adecuadamente, pueden ser
un obstáculo no menor a la hora de jugarnos
por Arica y su futuro.
En la conciencia ariqueña,
existe desde hace años la percepción de que el
país pareciera no tener suficientemente claro
lo que desea hacer de esta tierra. Uno de los
desafíos, por ello, consiste en definir con
mayor claridad, la identidad y el rol
específico que esta Región está llamadas a
jugar en el desarrollo de Chile, en la
integración internacional gracias a su
privilegiada situación trifronteriza, y en la
interacción con el resto de las Regiones del
Norte Grande. Pareciera ser cada vez más
urgente que
la Nación misma especifique
no sólo cuál es el lugar y aporte que le cabe
dar desde sus características y
potencialidades propias, sino crear las
instancias y ofrecer los medios fundamentales
desde los cuales Arica y Parinacota pueda
hacerse cargo de su progreso y destino.
Hay que entender que Arica es
una realidad que escapa de muchas formas a lo
que es el resto del país. No sólo su geografía
y clima ofrece una marcada diversidad, sino
también su larga y compleja historia de casi
cinco siglos, las características étnicas y
multiculturales de su población, el fuerte y
progresivo arribo de tantos inmigrantes de
países vecinos, su lejanía del resto del
territorio nacional, su necesaria y obligada
relación con los países
vecinos y el impacto que algunas de las
aspiraciones de ellos, causan en esta zona. Es
por esto que se requiere pensar en soluciones
y propuestas diversas y específicas para esta
zona de profundas implicancias geopolíticas.
Hasta ahora, no ha sido
suficiente la sola voluntad de los Gobiernos,
ni las capacidades personales de las
autoridades locales, ni el impulso de quienes
invierten, ni la gestión política
representativa de la zona ante las
Instituciones de la República. Es por ello que
se requiere de políticas fundamentales que
sean capaces de ofrecer un marco integral, que
permita desencadenar el progreso de la Región,
su consolidación en el tiempo, y el bienestar
general de la población. Estas no pueden sino
ser una obligación que compete en primer lugar
al Estado. Es a él a quien corresponde velar
por la justicia social y el bien común, y
ambos valores pasan por asegurare el
desarrollo equitativo de las Regiones. Es
justamente la consecución del bien común lo
que le da al Estado su fundamento moral y
ético. Después de más de un siglo, esta es la
batalla que nos toca dar hoy, una vez más,
a los pies de este emblemático Morro.
Toda esta nuestra vida, con sus gozos y
tristezas, con sus angustias y alegrías, la
traemos esta noche al altar. Lo hacemos en el
día que la Iglesia entera celebra la
Solemnidad de Corpus Christi, fiesta que nos
anima profundamente y nos ofrece valiosos
criterios a la hora de enfrentar los desafíos
que tenemos. Jesús efectivamente proclamó que
« El pan que yo daré es mi carne para la vida
del mundo » (Jn 6,51). Con estas
palabras el Señor revela el verdadero sentido
de la entrega de su propia vida por todos los
hombres y nos muestran también la íntima
compasión que Él tiene por cada persona. En
efecto, los Evangelios nos narran muchas veces
los sentimientos de Jesús por los hombres, de
modo especial por los que sufren y los
pecadores. Mediante un sentimiento
profundamente humano, Él expresa la intención
salvadora de Dios para todos los hombres, a
fin de que lleguen a la vida verdadera.
Por consiguiente, nuestras comunidades, cuando
celebran la Eucaristía, han de ser cada vez
más conscientes de que el sacrificio de Cristo
fue porque nos amó hasta el extremo, y que por
ello es para todos y que, por eso, la
Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él a
trabajar por un mundo más justo y fraterno. En
verdad, la vocación de cada uno de nosotros
consiste en ser, junto con Jesús, pan
partido para la vida del mundo.
A este respecto, hay que explicitar la gran
relación que existe entre el Misterio de la
eucaristía y el compromiso social. Cristo, por
el memorial de su sacrificio eucarístico,
refuerza la comunión entre los hermanos y, de
modo particular, apremia a los que están
enfrentados para que aceleren su
reconciliación abriéndose al diálogo y al
compromiso por la justicia. No cabe duda de
que las condiciones para establecer una paz
verdadera son la restauración de la justicia,
la reconciliación y el perdón. De esta toma de
conciencia nace la voluntad de transformar
también las estructuras injustas para
restablecer el respeto de la dignidad del
hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.
En la perspectiva de la
responsabilidad social de todos los
cristianos, el Papa Benedicto dirige una
llamada a todos los fieles para que sean
realmente operadores de paz y de justicia: «
En efecto, afirma el Santo Padre: quien
participa en la Eucaristía ha de comprometerse
en construir la paz en nuestro mundo marcado
por tantas violencias y guerras, y de modo
particular hoy, por el terrorismo, la
corrupción económica y la explotación sexual
».Todos estos problemas, que a su vez
engendran otros fenómenos degradantes, son los
que despiertan viva preocupación.
Precisamente, gracias al Misterio de Corpus
Christi que celebramos, deben denunciarse las
circunstancias que van contra la dignidad del
hombre, por el cual Cristo ha entregado su
Cuerpo en sacrificio y derramado su sangre,
afirmando así el alto valor de cada persona.
Queridos hermanos, el lugar donde estamos nos
recuerda que esta tierra fue conquistada con
un precio en vidas y dolor enorme. ¿Qué hemos
hecho, y qué estamos haciendo con esta tierra
por la cual tanto se luchó, y con los hombres
y mujeres que la habitan?. Esa sangre
derramada en este Morro,
clama hoy en nuestras conciencias y nos exige
respuestas y compromiso.
Y que el Señor de la Historia,
por intercesión de San Marcos de Arica,
bendiga las esperanzas de esta bendita Arica.
Amén.
06 de junio de 2010
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